EL PIROMUSICAL PERFECTO

A veces me pregunto el motivo por el que nos gustan los piromusicales, esa combinación de luces, música y ruido.

El otro día encontré una posible respuesta en Deià en la isla de Mallorca. Estábamos alojados en una pensión en una casa antigua de pueblo, en una habitación pequeña con una cabecera de cama, de madera y algo pretenciosa pero armónica con el resto de la casa. Lo mejor de la habitación era un balconcito que daba sobre el valle, llamarle barranco sería más acertado por su estrechez. La pensión estaba arriba de todo de la colina, por encima tenía tan sólo la iglesia; la visión era idílica: casas antiguas mallorquinas con sus huertos , algunas modernizadas que han cambiado el huerto por el jardín y la piscina, y cerrando el horizonte, al otro lado del barranco, la silueta de una montaña que quedaba algo más elevada que nuestro pequeño balcón.

Fue precioso ver como iba oscureciendo y cambiando el color del cielo: azul claro, azul cobalto y casi negro. Lllegó un momento en que  una tormenta apareció a lo lejos. Se iba acercando y el cielo comenzó a iluminarse con el resplandor de los relámpagos, como si enormes cohetes explotasen en el aire, la luz que producían permitía ver fugazmente los colores de la montaña y el pueblo. El ruido de los truenos era como un bajo continuo con altibajos de intensidad. Todo me trasportó a los espectáculos piromusicales,

El espectáculo duró horas y era de tal magnitud que dejamos los porticones abiertos toda la noche para no perder la visión desde la cama. Estoy seguro que éste era el pìromusical de la época de los neandertales.

Enric Aulí M.

Deja un comentario

Tu email nunca se publicará.